Hacia atrás mirar: negro, negro, negro, negro, negro, negro... Nada rescatable de la no-memoria.
Decía que tenía diez y ocho años, pero bien podía tener veinticuatro y parecer menor, o tener quince y parecer mayor. Era mejor el punto medio, diez y ocho, ni más ni menos; después de todo ignoraba cómo, cuándo, dónde y de quién nació.
Algunos podrían decir que era triste no tener una historia, pero a él le parecía divertido, un día apareció y ya (un viernes en la mañana o quizá todos los viernes en la mañana aparecía una y otra vez), no había nada más tras su persona.
Esa mujer o tal vez un hombre en sus sueños, la belleza muy parecida a la suya, casi divina, universal. El inmenso amor que lo unía a él/ella, pero esa superioridad, no podía soportarlo, no más. Siempre que él/ella lo quería a su lado lo tenía sin importar su ¿voluntad?
Así que se inventó un nombre, Gabriel, como el ángel de la anunciación, siempre adoró los nombres de ángeles, hubiese querido colocarse Lucifer que era el nombre del ángel más luminoso pero no, ése se había reveldo contra Dios. También se inventó una historia algo común, perdió a sus padres en un accidente y vivió el resto de sus días, hasta ese día, en un orfanato.
La guerra siempre en los sueños, ella/él enfurecida ante su traición, él lo tenía todo incluso a él/ella que nunca fue poseída por otro de los de su raza. El destierro al mundo de abajo, la pelea por el dominio del mundo del medio, la soledad o la compañía de los de su raza, corrompidos y traidores ahora. Él hizo su voluntad después de todo, ella/él se la concedió pero ya nunca más podría verla.
Sin embargo le intrigaba saber de dónde había venido. Indagó con espiritistas, nunca ninguno le dijo nada, lo sacaban a gritos en cuanto descubrían la primera carta de su destino; preguntó a los locos que vivieron el platillos voladores, tampoco supo si era de alguno de esos lugares; se hizo regresiones y tan sólo veía lo mismo que en sus sueños, pero eso no podía ser posible.
Los sueños, su piel blanca junto a la suya blanca igual, sus labios de belleza extraña sobre los suyos de la misma belleza, su cuerpo luminoso contra el suyo igual de brillante, su amor intenso junto al suyo fiel, su voluntad de tenerlo amante de sus deseos y órdenes pues de su mano fue creación y obra. La ira, deseba tener también lo que su señor/señora tenía, el poder, la voluntad.
La última posibilidad, quizá un elevado sacerdote podría revelar su origen, tan sólo le dijeron que era una criatura de Dios, amada como todas las otras criaturas, pero que el brillo opaco de sus ojos amarillos tan sólo podían decir que no era más que un ángel caído en descracia. Supo la verdad entonces.
Los sueños de nuevo, ahora más una revelación. Podía regresar arriba y recuperar su brillo y a su amante bajo una condición: perder todo para empezar de nuevo inocente.
El mundo de abajo un caos, ha perdido a su señor, enamorado de Dios aún, Lucifer ha subido inocente al mundo medio en forma humana para redimirse con su señor/señora.
Mae
Decía que tenía diez y ocho años, pero bien podía tener veinticuatro y parecer menor, o tener quince y parecer mayor. Era mejor el punto medio, diez y ocho, ni más ni menos; después de todo ignoraba cómo, cuándo, dónde y de quién nació.
Algunos podrían decir que era triste no tener una historia, pero a él le parecía divertido, un día apareció y ya (un viernes en la mañana o quizá todos los viernes en la mañana aparecía una y otra vez), no había nada más tras su persona.
Esa mujer o tal vez un hombre en sus sueños, la belleza muy parecida a la suya, casi divina, universal. El inmenso amor que lo unía a él/ella, pero esa superioridad, no podía soportarlo, no más. Siempre que él/ella lo quería a su lado lo tenía sin importar su ¿voluntad?
Así que se inventó un nombre, Gabriel, como el ángel de la anunciación, siempre adoró los nombres de ángeles, hubiese querido colocarse Lucifer que era el nombre del ángel más luminoso pero no, ése se había reveldo contra Dios. También se inventó una historia algo común, perdió a sus padres en un accidente y vivió el resto de sus días, hasta ese día, en un orfanato.
La guerra siempre en los sueños, ella/él enfurecida ante su traición, él lo tenía todo incluso a él/ella que nunca fue poseída por otro de los de su raza. El destierro al mundo de abajo, la pelea por el dominio del mundo del medio, la soledad o la compañía de los de su raza, corrompidos y traidores ahora. Él hizo su voluntad después de todo, ella/él se la concedió pero ya nunca más podría verla.
Sin embargo le intrigaba saber de dónde había venido. Indagó con espiritistas, nunca ninguno le dijo nada, lo sacaban a gritos en cuanto descubrían la primera carta de su destino; preguntó a los locos que vivieron el platillos voladores, tampoco supo si era de alguno de esos lugares; se hizo regresiones y tan sólo veía lo mismo que en sus sueños, pero eso no podía ser posible.
Los sueños, su piel blanca junto a la suya blanca igual, sus labios de belleza extraña sobre los suyos de la misma belleza, su cuerpo luminoso contra el suyo igual de brillante, su amor intenso junto al suyo fiel, su voluntad de tenerlo amante de sus deseos y órdenes pues de su mano fue creación y obra. La ira, deseba tener también lo que su señor/señora tenía, el poder, la voluntad.
La última posibilidad, quizá un elevado sacerdote podría revelar su origen, tan sólo le dijeron que era una criatura de Dios, amada como todas las otras criaturas, pero que el brillo opaco de sus ojos amarillos tan sólo podían decir que no era más que un ángel caído en descracia. Supo la verdad entonces.
Los sueños de nuevo, ahora más una revelación. Podía regresar arriba y recuperar su brillo y a su amante bajo una condición: perder todo para empezar de nuevo inocente.
El mundo de abajo un caos, ha perdido a su señor, enamorado de Dios aún, Lucifer ha subido inocente al mundo medio en forma humana para redimirse con su señor/señora.
Mae
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