viernes, 21 de agosto de 2009

Secantes


• Justo en ese punto, lejano ya, se cortaron las líneas de nuestras manos.
Resulta absurdamente real que un pedazo de vida no llegue a ser más que un accidental encuentro reducido a un punto en la línea vital.
Tu viniste a invadir mi espacio, a interrumpir mi linealidad con la tuya en el instante que crucé el umbral de una puerta, en algún colegio, en algún momento de mi adolescencia.
Y por milímetros de tiempo caminamos juntas la misma vía.
Hasta que, finalmente, cruzamos en definitiva el punto repetido en el que paramos a descansar.



Seguiste horizontalmente, ahogándote.
Seguí verticalmente, respirando.
Y de pronto, en algún momento del espacio, volví a hallarte paralelamente: “Sigo más o menos en lo mismo, desempleada, volví a la facultad pero todo es una mierda como siempre, unos malditos mataron a mis perros. No hay nadie en mi vida, sola como siempre, aunque hace dos mese salí con un psicópata que me pide dinero para no enviarles a mis padres un video que filmó escondido mientras tirábamos. ¿Y tú? ¿Qué hay de tu vida?”- dijiste.
“Yo, a decir verdad, estoy bien. Trabajé un año en una editorial pero renuncié hace un par de días pues voy a empezar a hacer mi tesis y me va bien en la facultad; tengo un nuevo gatito negro, me tatué un kanji en el vientre y comencé practicar yoga… Y hace seis meses estoy junto a un hombre, me hace feliz”
Secantes.
Eso fueron nuestras vidas. Me pregunto en qué momento coincidimos para volvernos perfectas extrañas, qué clase de ley pretendió unir nuestras diferencias, qué accidente temporal nos hizo reunir.
• Una coincidencia. Creíste que fue una señal para incluir el amor y yo te creí.
• No pensé que fuese un simple encuentro accidental en el cual debíamos mirarnos y continuar nuestros senderos sin detenernos a indagar viciosamente porqué tropezamos.
Sólo fue un error de cálculo del Escritor.

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